Serie: TEMAS QUE AYUDAN A ENTENDER EL PENSAMIENTO Y LA VIDA DE LA IGLESIA EN SUS INICIOS 1ª Parte.

El Israel de Dios.

Una de las grandes tergiversaciones del cristianismo es la separación hecha entre Israel y la iglesia, e inclusive, algunos hiendo un poco más allá han nombrado a la iglesia como referente exclusivo a los gentil. Esta tergiversación no es nociva sólo por que encierra un error interpretativo, sino porque secuestra la promesa de Dios haciéndonos esperar lo que no es o rechazando lo que es. Como vimos anteriormente el nacimiento de este error viene del gnosticismo, pues fueron ellos los que plantearon una separación entre la gracia a través de Jesús y los propósitos del Creador del universo. Esta tergiversación, estimulada por hechos históricos que veremos más adelante, llevó a todo el antisemitismo posterior al siglo IV que ha aparecido dentro de la iglesia hasta hoy.
Para llegar a la conclusión correcta de la enseñanza bíblica, debemos comenzar por analizar dos temas:
1. La promesa de elección es para un remanente.
Siempre fue bien claro que aunque Dios llama a todo el mundo, pero la selección es para un remanente especifico (Mt 20:16). Abraham tuvo dos hijos, ambos circuncidados y la promesa fue para uno y no para el otro. De igual manera Isaac tuvo dos hijos y aunque Esaú cumplía todo lo necesario para ser quien recibiera la promesa, ésta recayó sobre el menor (Ro 9:6-8). Dicho remanente es la esencia de la nación de Israel y a quienes Dios promete la salvación, porque se han identificado fielmente con esa promesa (9:27).
Aunque pudiera parecer exclusivista este concepto, no es así. Debemos partir del hecho que tal selección era para extender su promesa de salvación a todo el género humano. Por tanto, ¿cómo llegaría a ser real esta extensión?
«Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.» (Gn 12:3). 
La palabra hebrea señalada beka (בְךָ) realmente significa aquí ‘en venir’ o ‘viniendo’, dejando claro que la bendición no estaba en formar un grupo nuevo sino en venir a formar parte de la nación espiritual que Dios había escogido. Muchos ven en este texto la bendición saliendo, como el agua de una fuente brotando a todas las naciones, pero en realidad está diciendo que ya Dios ha bendecido al ser humano dándoles la oportunidad de que vengan a esa promesa que ha hecho a Abraham. Dios llama así a Israel, no a conquistar naciones a través de la guerra, sino a través de la invitación a venir a recibir la bendición de Dios.
Así apareció en Israel el estatus de extranjero (ger en hebreo גֵּר y prosélitos del griego προσήλυτος), muy diferente al de gentil (Dt 26:11). El extranjero era un “gentil” pero que vivía dentro de la comunidad hebrea, aunque cuando lo quisiera formar parte de la nación de Israel. Mientras el llamado gentil era el que vivía fuera de dicha comunidad. Debemos entender que este concepto de prosélito, no era peyorativo o algo por el estilo, sino más bien una condición única y hasta cierto punto privilegiada. Ahora, si este prosélito deseaba formar parte de Israel su estatus cambiaba radicalmente.
Por ejemplo, en los EE.UU cuando alguien adopta un hijo, éste no vale menos que su hijo carnal, e inclusive el padre puede desheredar a su hijo natural. Sin embargo, al adoptado no se puede desheredar. De esta manera el prosélito era alguien que llegaría a formar parte, no solo de la nación de Israel sino del remanente. Es por esto que vemos a personajes bíblicos como Rahab, Rut o Nicolas, y de fuera del texto bíblico a lumbreras del judaísmo como los rabinos Yohanan ben Zakai o Akiva ben José que no son llamados extranjeros ni prosélitos, debido a que este concepto siempre existió en Israel.
2. El remanente es llamado iglesia.
Cuando llegamos al N.T solamente vamos a encontrar la palabra «remanente» dos veces. Y esto ocurre, no porque este concepto perdió importancia, sino porque va a ser sustituido por otra palabra ekklesia que significa bíblicamente ‘los llamados a venir a la promesa’.
Este remanente llamado Iglesia, no es exclusivista y místico al estilo gnóstico, sino abierto a todo aquel que acepte la obra salvífica de Dios. Es verdad que todos no le han aceptado, pero a los que sí Él los engendra espiritualmente (Jn 1:11-13). De la misma manera que alguien que nace físicamente en una nación forma parte de esa nación, así todo el que es engendrado espiritualmente forma parte de la nación escogida de Dios (Lc 12:32).
Una de las puertas de entrada a este remanente, —antes y después de Jesús—, era la práctica del bautizo que simbolizaba dos cosa: purificación y nuevo nacimiento (para profundizar en este tema ver capitulo tres de Mirando lo invisible, autor Liber Aguiar, Christian Editing). En el caso del nuevo nacimiento, porque ilustraba el útero de la mujer y cómo el aspirante bebe salía de éste. Nicodemo entendía perfectamente esto y entonces pregunta a Jesús por qué él necesitaba nacer de nuevo cuando ya él había nacido de una mujer judía. La respuesta de Jesús fue muy aclaratoria: él debía nacer del agua y también del espíritu. No basta un nacimiento físico o adoptivo como el bautizo, sino que se hace necesario un nacimiento espiritual, pues para ser parte del remanente de Dios hay que nacer como hijo espiritual de Él.
La otra puerta era la del pacto por sangre, que implicaba directamente la circuncisión. Aunque claro está, esto no se cumplía para la mujer, porque paradójicamente para ella bastaba la fe de Abraham. Es por esto que la sangre derramada por Cristo es el nuevo pacto (Lc 22:20) y sustituye completamente al que se derrame en la circuncisión (Ex 12:48).
También el apóstol Pablo habla de este Israel de aquellos que han nacido espiritualmente en la parábola del buen olivo que es desgajado. Algunos interpretaron que Israel sería desechado completamente, pero no dice que el olivo va ser cortado sino algunas de sus ramas. Luego hay uno silvestre que va a ser injertado en esos lugares en que el otro es desgajado llegando a formar parte del remanente. No es cortado el olivo y sembrado uno nuevo, sino injertado el silvestre en el buen olivo (El capítulo VI amplia este tema).
Pedro concluye entonces:
«Más vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.» (1 P 2:9–10). 

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