El educar a hijos nacidos dentro de la fe.

 «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Pr 22:6).
«Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mt 19:14).
Uno de los retos más grande para el cristiano es el trasmitir la fe a sus hijos. El asunto radica en que las primeras generaciones de cristianos incorporan más fácil a su vida los valores y hábitos espirituales, pues al salir del pecado este rechazo les obliga a abrazar el cristianismo de forma radical. En el caso de las segundas generaciones, que crecen en un hogar cristiano, este rechazo al pecado no les nace de su repudio al pecado en s'i, sino de la enseñanza que reciban de sus padres. Sabemos que la experiencia de salvación es para todos "necesaria" y esto implica arrepentimiento, pero la pregunta que muchos adolescentes se hacen es: ¿de qué tengo que arrepentirme si en mi casa yo he crecido en bendición y haciendo todo lo que ha Dios le agrada?
Por otra parte, el sistema educacional de nuestra cultura está diseñado para que el niño crezca y sea adaptable o asimilado por el sistema social; y si dicho sistema, tiene valores humanos dictados por el ateísmo supersticioso y el paganismo, entonces nuestros hijos crecerán bajo una poderosa acción de esa influencia. Para ellos es muy normal lo que para los padres fue carnalidad. 
Dios, que no está ajeno a esta realidad, le dio a la iglesia el recurso de educar a los hijos para que crecieran en la fe. A esto se le llamó Benei Mitzvá ʻHijo del Mandamientoʼ. Este hábito la iglesia primitiva lo aprendio de su contexto cultural bíblico y de la práctica de Cristo Jesús:
«Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lc 2:41-47). 
Sin embargo, esta práctica fue deformada siglos después (XIII) por el catolicismo, creando en sustitución La primera comunión. El Concilio de Letrán decidió que solo los menores que hayan alcanzado «la edad de discreción» (12-14 años) podrían recibir los sacramentos por primera vez (Santa Cena o Eucaristía), y si habían sido previamente bautizados además de haber hecho la penitencia o confesión. La religiosidad católica produjo entre los reformadores (siglo XVI) un rechazo de todo lo que fuera ritualismo. Entre lo rechazado se encontró esa primera comunión. El error fue que en vez de buscar las bases bíblicas para reformar esta área de la educación de los hijos, simplemente se desestimó por el ritualismo católico que esto implicaba. La crisis posterior en las iglesias reformadas con la niñez llevó a crear las Escuelas dominicales, Escuelitas bíblicas, etc., pero nunca se retornó a lo que Dios había enseñado. Así surgió, como residuo de todo aquello entre los hispanos, la tradición de las Quinceañeras, pero sin el más mínimo valor espiritual para cosechar espiritualidad en nuestros hijos. 
Hoy tenemos un reto: el seguir practicando las tradiciones en esta área que han traído enfriamiento en la mayoría de esa segunda generación, o retornamos a incorporar en nuestra familia los recursos que Dios ha provisto. ¿Esto significa que tienes que cambiar radicalmente tu vida y tradiciones? No, pero sí significa que tienes que encontrar las tradiciones cristianas que nacen en las recomendaciones divinas (la Biblia) que hasta ahora no hacías y probar incorporándolas a la cotidianidad.
El Benei Mitzvá (13/12 años aproximadamente para doncellas/galanes ʻBar/Batʼ y en dependencia también de la madurez de cada uno) es una ceremonia alegre, donde el adolecente va a demostrar su capacidad de tomar decisiones espirituales en la vida. Nadie puede tomar tales decisiones espirituales, si no ha aprendido las bases de la fe en correspondencia a cada etapa de su vida. Para esto le recomiendo estudiar el libro de los Proverbios en su capitulo dos. 
Con la ayuda de los padres y maestros de la congregación, los hijos nacidos dentro de la fe deben saber y exponer en dicha ceremonia lo siguiente: 
  • Cómo llegó la fe hasta su vida.
  • Quién es Dios y cuál debe ser su actitud para mantener una relación con Él. 
  • Cada adorno y momento de la ceremonia debe ser seleccionado por el/la joven con responsabilidad para transmitir un mensaje de lo que Dios ha hecho hasta aquí en su vida. 
  • Ellos demostraran su nivel de su responsabilidad a través de la administración del presupuesto que sus padres o algún donador han depositado en sus manos. Así que su administración y perspicacia estarán presente con antelación.

Evitando siempre caer en una religiosidad, este es el momento cuando el joven ha demostrado su responsabilidad espiritual a sus padres, líderes espirituales e iglesia. Ahora se encuentra apto para tomar decisiones como bautizarse, estudiar teología avanzada o servir a Dios a tiempo completo.
      La responsabilidad total de este evento recae en los padres y la iglesia. Ambos como un equipo deben proveer y esmerarse para la educación espiritual de todos los niños de la congregación desde que nacen y hasta que alcancen su madurez espiritual. En caso de niños cuyos padres no sean cristianos se les debe insistir y convencer, con amor y paciencia para que consientan con dicha celebración. 

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